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Impotencia y aceptación
La admisión de la impotencia ante mi adicción del Primer Paso me motiva a dar a
mis nuevos ahijados la tarea de hacer una lista de las cien cosas ante las cuales son
impotentes. Hay tres razones para que les haga este pedido. La primera, ayuda al recién
llegado a captar la magnitud de su impotencia, que va mucho más allá de la adicción.
La segunda, me da la oportunidad de conocer a mi ahijado, lo que es importante para
él o para ella. La tercera, no se trata de un examen sino de un ejercicio de aprendizaje,
nos da la oportunidad de empezar a trabajar juntos enseguida. Cuando un ahijado se
queda atascado, le hago preguntas para ayudarlo a añadir cosas a la lista, a revisar
aquello ante lo que es o no impotente.
La idea de la impotencia me invita a pensar más profundamente en la Oración de la
Serenidad. En ella se me pide que acepte lo que no puedo cambiar, que cambie aquello
que puedo y que tenga la sabiduría para reconocer la diferencia. Gracias al trabajo con
mis ahijados, he logrado comprender un mismo bloqueo que compartimos ellos y yo.
Con mucha frecuencia practico la Oración de la Serenidad al revés: acepto las cosas
que, dentro de mis posibilidades, es apropiado cambiar y pierdo tiempo y energía
tratando de cambiar a las personas, los lugares y las cosas ante los que soy impotente.
Cuando examino la impotencia de esa manera, una comprensión más profunda de
la impotencia del Primer Paso se convierte en una enorme fuerza dentro de mí. ¿Por
qué? Porque cuando me centro en las cosas que puedo cambiar adecuadamente (en
contraposición a manipular e intimidar), recibo la fuerza para hacerlo. Al principio de mi
recuperación, por ejemplo, deseaba tener más oportunidades en mi vida, así que volví
a estudiar para tener una carrera universitaria. Esa titulación me abrió las puertas para
entrar en el programa de desarrollo de nuevos negocios de una organización comuni
taria que ofrece servicios de voluntariado en todo el mundo. A los 40 años, dejé ese
empleo y me trasladé a Cracovia, Polonia, donde me dediqué a ayudar a la población
a pasar a una economía de mercado. En el extranjero empecé una vida de aventuras
de viaje: recorrí, por ejemplo, Rusia y el Circulo Polar Ártico en Finlandia como mochi
lero; estuve en la cámara mortuoria de la Gran Pirámide de Giza, Egipto; caminé sobre
la Gran Muralla China y visité el Taj Mahal al amanecer; fui a Casablanca, Katmandú,
Ulaanbaatar, Dublín, Estambul, Reikiavic, Marrakesh… estuve en 30 países en total.
Cuando la economía se vino abajo, me encontré desempleado durante casi tres
años. Como acepté que no podía cambiar la economía, la impotencia del Primer Paso
me ayudó a preguntarme: «¿Qué PUEDO hacer para ganarme la vida?». A los 60 años
me rehice y felizmente estoy trabajando de nuevo. De la misma forma, al darme cuenta
de que no podía dar por sentada mi buena salud permanente, decidí cambiar mi estado
físico: bajé 35 kg, estoy comiendo mejor y hago ejercicio como parte de mi vida diaria.
También llevé esta concepción de la impotencia al servicio de NA como miembro
de un equipo que ayudó a que la Región de Minnesota pasara de una estructura de
comités a otro basada en proyectos. Consolidamos todas las listas de reuniones de
las áreas para allanar el camino para fusionar nuestras líneas telefónicas. Desplegamos
nuestro programa «Salvar las distancias», seguido poco después del establecimiento
de una colaboración con el Comité de Escritura de Pasos para reclusos del área de
Santa Cruz (California).
El Primer Paso hace que me fije en aquello ante lo que soy o no impotente. Con
una clara discriminación de aquello ante lo que NO soy impotente, tengo la libertad
de levantarme cada mañana y preguntarme qué puedo hacer para que mi vida y la de
los demás sea mucho mejor, solo por hoy.
Salud

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